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30.11.15

Paradise City

Hubo un tiempo en que estuve segura:
Segura del tono exacto del café de sus ojos, de su risa y el tono de su voz la primera vez me dijo "mi amor". Hubo un tiempo en que estuve segura de amarlo y querer estar con él por siempre, pero el tiempo pasaba.
Siete años. Aun miraba su fotografía para acordarme bien de su cara, de sus ojos con una melancolía inexpresable, de la media sonrisa, del despreocupado desdén con el que parecía ver a todos los que no fueran él. 
Cada día pensaba más pero me daba miedo recordar menos: no recordar el calor que hacia ese medio día de julio en el que nos dimos nuestro primer beso, o como se sentían sus dedos acariciando mi mano en la oscuridad del cine. Mis nervios de niña, mis ganas de hacerme mujer, de querer y de pensar que nadie jamás había sentido lo que era amar antes de nosotros.
Estallaron cielos y explotaron galaxias, seguro. Después mi corazón se rompió. El sol era aún brillante y hermoso, eran veranos extraordinarios, pero mi alma estaba tristísima. Sobretodo conforme pasó el tiempo. Era como haberlo perdido pero no haberlo asimilado, pues estaba tan cercano... Cuando acabó todo, creí que la historia terminaría pronto, como acaban las películas o los libros. Pensé que el punto final estaba puesto y ahora debería seguir. Y por un tiempo fue así: despertar, tomar café, llorar por otros para no llorar por él, aunque al final todo remitía a lo mismo: sus brazos sujetándome con la dulzura con la que nadie mas lo ha vuelto hacer, la promesa de esperar, la violencia de una despedida inesperada y forzada, el sabor amargo de la rabia, el desasosiego y la resignación.
Pasaron siete años y lo recordaba, pero era un recordar desesperado, que rayaba en la angustia de perder lo único que había sentido real en mi vida, lo más sincero y lo más bonito. Después todo se volvía un sueño. Sabría que vendrían otros, quería creerlo con toda mi alma, pero pasaba el tiempo y los recuerdos de deshacían y a mi, a mi me daba miedo olvidarlo. No porque aun lo amara, aunque tal vez lo hiciera, ya no tenía caso. No, me daba miedo que no pudiera terminar mis oraciones porque él ya no tenía sentido y era sólo un viejo capricho.
Era un yo que ya tampoco era real y el pasado era un lugar seguro, hecho, lleno de una extraña felicidad que no encontraba en ningún otro lado. Claro, había tenido mis momentos felices y había llegado a la conclusión de que debía llenar mi vida de pequeñas felicidades que me ayudaran a sobrellevar el día a día, y pensaba el que no podía ser mi felicidad porque éramos tan distintos y solo habíamos tenido suerte de estar juntos.
Me intentaba acordar también de lo malo para quererlo menos, pero no podía. No es que no lo viera... Recordaba un poco los llantos y los reclamos, pero ante todo, recordaba la seguridad con la que decía amarme sin importar tantas cosas. No se que tanto fue real y que tanto es la historia que me cuento, realmente no lo sé. Al final somos ficciones. Somos la forma en la que pensábamos que paso algo, los sueños, las mentiras que nos decimos, la parte de la historia que sabemos. 
Esa extraña felicidad que solo existía mas que en mis recuerdos, esa mañana soleada, sus palabras, caminar sujetando su cintura, el sabor de su saliva o el mirar tristón de sus ojos, su piel pálida, el olor de su camisa, el barullo del mercadito por el que caminábamos juntos, las estrechísimas calles de esa ciudad que no he vuelto a visitar, el aire acondicionado del bowling en el que nos queríamos callados, sólo mirándonos, sin tocarnos y diciéndonos todo; la tensión familiar... Mis hermanos odiando de que mi corazón pudiera pertenecerle tanto a alguien, mi madre diciendo que era una tontería, mi abuela reprochándome lo mas insignificante, mi miedo, el miedo de no estar con él; él, sujetándome de la cintura, bailando sin música, queriéndolo todo de mi, sin tocarme y aun así, amarme, tocándome sin saber como hacerlo, los dos, sin saber que pasaba, sin entender como había pasado, sin que nos importara nada; yo, pensando que lo que sentía eran cosas de cuentos de hadas, pensado que era para siempre, pensando que hubiera sido si esto o aquello hubiese sido diferente, llorar hasta las tres de la mañana, escribir una carta muy larga que ya no recuerdo si envié o si no pude por que escribía con lagrimas en mis ojos. Llorar muy seguido, llorar en silencio, llorar queriendo que nadie supiera que llorara, porque no me importaba, sólo quería sacarlo de mi pecho, y hasta la fecha.
Todo pasó y no sé como pasó. No debió haber pasado. Jamás debió haber pasado.
Amarlo tanto y por tanto tiempo, atesorar por tanto tiempo esos sentimientos y jamás volver a mencionar su nombre, son los pequeños actos que me pertenecen, el desafío absurdo a todo lo que todos pensaron. 
No sé hasta qué punto he sacrificado el mundo por un sentimiento. Hay tantas cosas que me da miedo admitir. Hay tantas cosas que no le dije nunca, pero incluso ahora, no se las diría, porque no importan, porque no son más que nubes en mi cabeza. También hubo veces en las que quise olvidar, en algún momento de locura que casi me costaron la vida, porque él fue mi vida. Tal vez por eso me aferro.
Bailo y beso a otros y ahí es cuando me siento más cerca de él y de lo que fuimos. Lo que fuimos que fue algo hermoso, único, absurdo y fugaz. 
Un día dejaré de decir mentiras. Un día tal vez no me duela tanto no poder acordarme mejor, un día dejará de darme miedo que el recuerdo esté borroso. Olía rico, su voz era la de un niño que se convierte en hombre por primera vez. Eran detalles insignificantes. Mis piernas temblando, yo corriendo para verlo, yo mandado todo al carajo. Y de ahí tal vez que se me quedara la costumbre. 
Baby I broke all the rules but baby I didn't all for you.
Un día no resonará tan fuerte ese pensamiento que me llena de una tristeza insoportable: estoy triste porque no le tengo. Estoy triste porque lo perdí muy pronto y porque no supimos recuperemos cuando aún podíamos hacerlo. 



¿Qué pasará el día que no recuerde cuánto lo quería? ¿Qué pasará el día que olvide lo más importante?

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